Hackear o jaquear: esa no es la cuestión
Redacción: Carolina de la Torre
Corrección: Lucía Ortiz Castillo
¿Qué es lo que determina si «hablamos mal» una lengua? Si se puede hablar mal, ¿cómo se habla bien? ¿Cuáles son los límites de un español «correcto» y en qué momento cruzamos esa frontera desdibujada hacia el habla farragosa?
Al hispanohablante se le recrimina por «hablar mal» cuando dice almóndiga, porque la palabra es albóndiga; cuando mezcla escuchar y oír como si fuesen gemelos indistinguibles; cuando dice paper en vez de artículo científico; cuando pronuncia período como periodo, o cuando dice que un manual es fiable, porque solo una persona puede ser fiable y las cosas son seguras. ¡Ah!, pero, en efecto, algunos de estos errores de la lengua ya han sido aceptados por la RAE.
Y por mucho que la Fundación del Español Urgente siga andando a la gresca con las barbaries léxicas, la extensión de su poder solo llega a sus propias publicaciones y a los profesionales de la lengua que viven en clausura, negándose a convivir junto a las novedades hasta que llegue una nueva edición del libro sagrado que diga que ya se puede decir jueza —los más puristas, aun así, seguirán insistiendo en que «se dice la juez», equiparando a Su Señoría a la nuez—.
Me han instruido muchos profesores y he escuchado a muchos profesionales del gremio, y he llegado a la conclusión de que esto de «hablar bien» y usar un «español correcto» es, para que nos entendamos, un lío de tres pares. ¿Sabían que el actual Diccionario de la lengua española prefiere que escribamos hackear como jaquear? Como profesionales, debemos atender a lo que prefiera la Real Academia Española.
Dirijámonos al corpus monolingüe de esta institución, el CORPES, para ver en qué se basa esta inclinación. El préstamo crudo, con h inicial y k antes de e, tiene una frecuencia absoluta de 503 (1,13 por millón al normalizarla); el préstamo adaptado, con j y qu antes de e, tiene una absoluta de 90 (0,2 por millón). Solo en España, tenemos una frecuencia normalizada de 1,11 frente a 0,04.
Visitemos ahora Google Ngram, una herramienta que permite buscar la frecuencia de uso de una palabra en todos los libros disponibles en Google Libros; es decir, nos mostrará el uso que el escritor promedio le da. Si escribimos ambas palabras, nos devolverá un gráfico en el que podremos ver que, a fecha de 2014, el préstamo crudo se emplea siete veces más que el adaptado. El pobre está por los suelos.
Vamos, que tanto el corpus de la RAE como el de Google nos dicen que los escritores hispanohablantes prefieren acompañar el hackeo con un whisky sobre la mesa a jaquear con un güisqui.
Bueno, entonces se dice hackear, ¿no? Aquí lanzo la respuesta comodín que es, y pienso que de forma consensuada, el eslogan de la traducción como disciplina: «depende del contexto». Si un profesional considera que su lector meta, para quien escribe, recibirá jaquear como quien le dice que el Sol sale por el este, probablemente así lo escribirá; pero si cree que puede tolerar la ruptura —en este punto no tan extraña— del extranjero, tal vez que se quede con hackear.
Tanto en trabajos de traducción para la carrera o para voluntariado, pocas veces me he encontrado en la situación de hacerle caso al prescriptivismo de la RAE sin reflexionar. Solo lo hago cuando estoy con labores de corrección —los correctores son los más puristas en cuanto al uso «correcto» de la lengua, y están orgullosos de ello, porque lo exhiben con su título—.
La realidad es que la lengua no es una bestia que domar o una mascota perdida a cuyo dueño hay que encontrar. Se trata de algo mucho más complejo: un fenómeno que no responde a los caprichos de ningún lingüista, profesional o diletante. Pese a los numerosos intentos rutinarios de frenar o modificar su evolución, no deja de transformarse y sobrecogernos con cada nueva forma que se desvía de la tradición; con cada nuevo préstamo que viene desde allende nuestras fronteras para quedarse; con cada nueva acepción convertida en aceptación a regañadientes, con cada neologismo que encanta a media España y escandaliza a la otra.
No son reprochables los halagos ni las críticas hacia una nueva prueba de que la lengua muta constantemente en su eterno florecimiento; pero, bajo mi punto de vista documentado que en tinta digital reflejo con orgullo, fulmino con los ojos incrédulos a cualquiera que espeta eso de que usar ciertos vocablos es «hablar mal», que son estos pecadores de la lengua los que la están empeorando o, válgame Reverte, destruyéndola. Pasó con almóndiga, con paper, con periodo y con fiable y, curiosamente, con muchas formas que indican el género femenino, como jueza o capitana. El conflicto que esta clase de lemas provocan en los hablantes —los que nacen problemáticos y malformados— continúa siendo farragoso, yo soy testiga de ello.
Si algún hablante me muestra la evidencia de cuál es la lengua española correcta, hecha y derecha, castellana como ella sola, más pura que María, y de por qué es todo ello, entonces me apearé de mi burra, entonaré los mea culpas, y volveremos a la edición del Diccionario de la lengua española correcta, o a la obra prescriptiva que considere oportuna.
Voy a parafrasear la oración de cierre del libro de Gómez Font, Errores correctos, que fue indispensable para encontrar los ejemplos de usos deleznables del español que he citado: «Todas las erratas de este artículo han sido colocadas estratégicamente».

Álvaro Martín Valcárcel (Madrid, 1976) es presidente de la Unión de Correctores (UniCo), asociación a la que pertenece desde hace cuatro años. Anteriormente fue miembro de la junta directiva, a cargo de la vocalía de comunicación. Es licenciado en Ciencias de la Información,rama Periodismo, por la Universidad Complutense. Alterna su trabajo como corrector profesional y como redactor para diversos medios de comunicación. Tras empezar a formarse como corrector profesional (algo que nunca deja de hacer), su perfil periodístico le llevó a la corrección de revistas y publicaciones corporativas (se inició en las secciones de edición y cierre de varios periódicos). Ha trabajado para importantes editoriales españolas e hispanoamericanas y medios de comunicación, y actualmente es socio fundador de la empresa de servicios editoriales Se hacen libros, con sede en Ciudad de México.