El destronamiento del original

Redacción: María del Mar Herrada Fernández

Corrección: Carolina de la Torre

El original no es pleno ni auténtico. Walter Benjamin lo desnuda como un texto incompleto y cambiante. Y es la traducción, no el original mismo, quien le garantiza una verdadera vida… o una incierta pervivencia.

Entendida como copia, la traducción exige la existencia de un «original». Reproducir un texto objetivo y pleno que la antecede, le hace sombra y la supera en autenticidad y completud: este es el objetivo tradicional de la traducción. La historia se repite: el original sobre un trono eterno y las copias entrando una tras otra al salón del trono para prestar sus servicios y dejar la sala sin pena ni gloria.

Pero ¿y si esa presunta «objetividad» del original no se aplicase a la realidad verdaderamente? ¿Y si lo que realmente es inherente al original no es la inmutabilidad y la imperturbabilidad, sino la «evolución»?

El original no es inerte. Está sujeto al devenir de las lenguas, «a un proceso de maduración (de) las formas de expresión» y a «las transformaciones constantes del sentido», como indica Walter Benjamin. La evolución es una tendencia existencial e inevitable de las lenguas, pues estas, por encima de todo, están incompletas y fragmentadas.

Las lenguas no han olvidado, no obstante, la complementariedad de sus intenciones, la compartición de los objetos entendidos y el parentesco suprahistórico que las conecta. El recuerdo de esa unión y el reconocimiento continuo de la misma a través de la traducción y la lectura les permite imaginar una lengua maternal plena y perfecta, y aspirar a ella de forma irremediable como un sol en torno al que girar, al que tener siempre en el punto de mira y al que ansiar tocar —aunque las fuerzas que operan en la realidad, hagan el contacto imposible. Esta es la que Walter Benjamin denomina «lengua pura». Superior, plena e ideal es ella y, aunque inalcanzable, es su concepción harto necesaria y significativa.

Aufgabe significa en alemán tanto ‘tarea’ como ‘abandono’ o ‘rendición’. Esta paradoja aparente está también presente en la tarea del traductor, lo que da título al prólogo de Walter Benjamin en su traducción de Tableaux parisiens de Beaudelaire publicada en 1923 (en alemán Die Aufgabe des Übersetzers). A pesar de que la tarea —y esta es la de llegar a la lengua pura— fracasa o se abandona en el momento en que se lleva a cabo, la traducción tiene una función esencial: la de representar o ser manifestación de la incompletud del texto que la antecede, es decir, del original.

Benjamin destrona así al original y lo sitúa en una posición dificultosa e inestable, aquella no tanto de la supervivencia (überleben), sino de la pervivencia (fortleben). El original no ha sobrevivido, no ha vencido al peligro de la muerte para permanecer en vida y seguir siendo el mismo, sino que perdura en las mentes de la gente y experimenta una vida póstuma marcada por una transformación continua. En extensión, histórico y efectual permanece a caballo entre la vida y la muerte.

Ahora que la pervivencia del original sí que es un estado o una capacidad que la traducción no comparte, pues esta es zarandeada por la evolución de las lenguas hasta perecer y morir. Se difumina su existencia hasta que desaparece y ya no es leída, mientras que el original siempre es leído.

No resta ello importancia a la función de la traducción y también de la lectura. Ambas sacan a la luz la vida del signo. Con cada traducción se extiende la pervivencia del original; se estira y en ese estiramiento se señala el carácter «fragmentario» de las lenguas. También se recuerda de este modo la existencia de la lengua pura y con cada traducción nos acercamos más a ella. Llegar a ese lugar de «la reconciliación y la perfección de las lenguas», según Benjamin, es imposible y la traducción alberga en sí esta imposibilidad. Es la tarea de quien siempre abandona y se rinde, y siempre continúa y lucha.

En definitiva, con el rompedor prólogo de Walter Benjamin, la teoría de la copia y el objetivo de la semejanza no podían justificarse y serían desplazados por la concepción de la traducción como representación del parentesco y la fragmentariedad de las lenguas, y de la incesante búsqueda de la lengua pura.

Destronado quedaría el llamado «original» y quizás cabría a partir de ahora llamarlo el «inicial» para aludir a un mero orden, en lugar de a una plenitud y objetividad que, como se ha visto en este breve artículo, son insalvables.

Bibliografía:

Benjamin, W. (1994). La tarea del traductor. En M. Vega Cernuda (ed.), Textos clásicos de la teoría de la traducción (págs. 285-296). Cátedra.

Tan, Y. (2024). A Study on Benjamin’s Theory of Translation. English Language Teaching and Linguistics Studies, 6(5), 205-211.

Vélez Bertomeu, F. (2007). Traductores, traidores y otros malhechores. La falla descubierta por «la tarea del traductor». Tonos digital: revista de estudios filológicos (14).

La alquimia y artesanía de la traducción teatral

Redacción: María del Mar Herrada Fernández

Corrección: Dariana Oana Negru

La traducción teatral respira entre la fidelidad y la libertad. En cada palabra late la promesa de una voz sobre el escenario y de una mirada desde el patio de butacas. Traducir teatro es una entrega a lo que vive solo cuando se comparte.

«[…] una singular y delicada artesanía, una alquimia que opera con elementos misteriosos y frágiles». Así, con estas bellas metáforas, describe Carla Matteini el cometido de quien traduce teatro. La meticulosidad y delicadeza de quien pule joyas con paciencia infinita están presentes en su ser. La perspicacia y curiosidad de quien mezcla esencias también lo caracterizan.

Y cierto es que el teatro y su lenguaje, por su singularidad y gran distinción respecto a otros géneros literarios, exigen una aproximación al texto origen totalmente diferente a la que se ejercería al traducir novela, poesía o ensayo. Principalmente esto se debe a que la razón de ser del teatro es la escenificación. El texto se supedita a este fin y, por tanto, constituye un elemento más en el sistema teatral.

El texto dramático, además de su componente lingüístico, alberga una gran cantidad de elementos y signos extralingüísticos ligados a su representación: los ritmos de elocución, los tempos de respiración, la «géstica», el gestus, la mímica, los deícticos, la acción, el movimiento de los actores, etc.

Dada la particularidad del lenguaje teatral, su traducción no será menos. A medio camino entre la traducción escrita y oral por el peso del diálogo, la traducción dramática, ya lo señalaban María del Pilar Ortiz y Bojana Kovačević, debe ser reconocida como sui géneris. Esa hibridez precisamente es la que hace ineludible tomar en consideración todos los elementos que componen al teatro a la hora de traducir una obra.

Quien traduce deberá ir mucho más allá del texto. Podría hasta decirse que este último pasa a un segundo plano, pues lo que primará en la traducción teatral será la eficiencia en escena. Un texto bien traducido siguiendo los criterios de otros géneros literarios será todo lo contrario en el teatro y acabará «matando» a la obra teatral, pues esta solo comienza a existir en el momento en que se representa frente a un público. Arrebatarle esa potencialidad por no considerar el verdadero fin del teatro se asemejaría a despojarla de la posibilidad de llegar a la vida o de existir. Pasaría a ser un texto que recuerda al lenguaje teatral, pero que ahí se queda, como la sombra de lo que pudo llegar a ser.

La puesta en escena implica la presencia de todo un elenco y un público, extendiéndose mucho más allá del acto creativo inicial de quien escribe la obra. El teatro no puede entenderse si no es de forma colectiva, de tal modo que el texto no acaba siendo una realidad inmutable una vez concebido por el dramaturgo o la dramaturga, sino que en ese mismo momento inicia un proceso de transformación en el que el elenco y el resto del equipo creativo desempeñarán un papel esencial. La obra de teatro irá encontrándose a sí misma en cada interacción con su entorno, en cada aportación, en cada parte del proceso que culmina en la representación.

La traducción también obedecerá a esto mismo y se enriquecerá de todos los componentes del sistema teatral. Lo más apropiado sería que, superando cierta distancia entre dirección y traducción ―pues quienes dirigen son muchas veces los mismos que adaptan y traducen obras sin consultar a profesionales de la lengua― se diese un trabajo colaborativo, en el que quien traduce pudiese participar de la dirección, dialogar con el elenco artístico y conjuntamente modificar y dar forma al texto para que se amolde lo máximo posible a las necesidades de la representación. Y no se quedará ahí esta transformación. Además, en última instancia, será el público, como receptor, el que, al reaccionar a la obra, la continúe nutriendo gracias a sus interpretaciones, lo que implica un proceso continuo de creación sin un claro fin.

Entender la filosofía y el funcionamiento del teatro será entonces un requisito absolutamente necesario para quien traduce, entendimiento que deberá ser movido por el amor a la dramaturgia. Es más, como señalan Marta Guirao y Carla Matteini, lo ideal sería que la persona traductora tuviese algo de experiencia sobre los escenarios, para alcanzar una mayor comprensión del fenómeno que se fragua entre escenario y público.

El traductor o la traductora no se anclará en la mera traslación de una lengua a otra, sino que, en el proceso de traducción, se sentirá acompañada: escuchará las voces del elenco, visualizará la escena, la iluminación, los efectos de sonido, el attrezzo… Sentirá también los movimientos sobre el escenario y cómo estos se transmiten a un público que, activo, percibe, interpreta y reacciona. Quien traduce irá en compañía, no estará solo. Ese concierto de sensaciones y consideraciones deberá estar presente mientras el traductor ejerce su labor, pues lo ayudará a decantarse por unas estrategias y decisiones de traducción determinadas, las cuales tendrán su impacto inevitable en la puesta en escena.

En definitiva, buscando equilibrio entre fidelidad y fluidez para ni traicionar al texto original ni obstaculizar la representación se hallará el profesional de la traducción. Con tacto y sensibilidad sentirá como ambos extremos tiran de él y acabará encontrando la forma de no perder el norte en ese zarandeo, ofreciendo a cada uno lo justo y necesario. Traducir «entre la libertad y cierta inevitable traición, pero siempre desde la lealtad» será la premisa y, en palabras también de Carla Matteini, «amar apasionadamente el teatro» será requisito.

Bibliografía:

Guirao Ochoa, M. (1999). Los problemas en la traducción del teatro: Ejemplos de tres traducciones al inglés de Bodas de Sangre. TRANS: revista de traductología, 3, 37-52.

Matteini Zaccherelli, C. (2000-2001). La traducción teatral: una delicada alquimia. Vasos comunicantes: revista de ACE traductores, 18, 44-51.

Ortiz Lovillo, M., & Kovačević Petrović, B. (2022). La traducción del teatro y la interculturalidad. Liminar: estudios sociales y humanísticos, 20(1), 2-12.

Subestimé la traducción, mea culpa

Redacción: Carolina de la Torre

Corrección: Ángel Ureña Porras

Existen mil combinaciones entre la lengua original y la lengua meta y, a su vez, cientas de combinaciones entre sistemas de comunicación, desde el alfabeto latino hasta los iconos, traduciendo de uno a otro. Y muchos nos centramos solo en los idiomas…

¡Anda que no hay traducciones de todos los colores! Fue durante el grado de Traducción e Interpretación cuando descubrí —o, mejor dicho, mi profesora me mostró— que la traducción podía adoptar muchas formas, que no solo era repintar un texto con una capa nueva de letras dispuestas de tal forma a través de la cual los hablantes de una determinada lengua meta pudiesen, ahora sí, acceder al contenido. Y como lo bueno, si es breve, es dos veces bueno: traducir no es solo ‘expresar en una lengua lo que está escrito o se ha expresado antes en otra’ (primera acepción del lema según la versión actual del Diccionario de la lengua española, del 2014), ¡ni mucho menos!

¿Quién me hubiera dicho que se podía traducir prescindiendo de una segunda lengua? Que se considera una traducción el guion escrito para la audiodescripción de un metraje, una descripción oral de lo que hay en pantalla, dirigida a personas ciegas o con visión reducida. Que también lo son los subtítulos que transcriben lo que escuchamos, o la acción de reescribir un texto con un lenguaje más claro o más fácil.

Si me hubiera picado más la curiosidad, antes de que mi formación me lo desvelase, y me hubiera ido al DLE, hubiera sabido que la segunda acepción de traducir es ‘convertir, mudar, tocar’ y la tercera es ‘explicar, interpretar’. Y entono el mea culpa por haber subestimado al verbo traducir, a su forma sustantivada traducción y a su variación ortográfica Traducción (la disciplina, nótese la caja alta); por haber rascado solo la superficie de sus significados.

En el momento que escribo este artículo, sigo en mi segundo año del grado universitario y ahora estoy estudiando asignaturas que tienen una relación más directa con la traducción (Teoría, Tecnologías Aplicadas, Documentación…). Y ha ocurrido algo que no me esperaba: siento con mayor seguridad que quiero dedicarme a la traducción, que quiero ganarme el pan con ella y que existen más formas de lograrlo de las que pensaba.

El atractivo principal que le veía a esta disciplina era que requería un dominio del español y el inglés —algo que yo ya tenía— , con el aliciente de que adquirías una tercera lengua, y aumentar mi abanico de idiomas siempre fue una de mis metas. Consideraba que la traducción solo consistía en trasladar un texto de un idioma a otro, no por nada esta suposición superficial, y tan extendida, de la disciplina constituye la primerísima acepción en el DLE. Siguiendo esta lógica, cuantos más idiomas dominase, más oportunidades laborales tendría y, para algunos, mejor traductora sería.

Pero resulta que no se necesita ser políglota para ser un traductor versátil y no son necesarios dos idiomas distintos para traducir (en todos los sentidos de la palabra). Basta con tener un solo texto de procedencia, escrito u oral, o hasta formado por símbolos, que modificamos para que un determinado público pueda acceder a sus contenidos con mayor facilidad.

Jakobson, en su ensayo de 1959 On Linguistic Aspects of Translation, distingue tres modos de interpretar y traducir un signo (con la acepción lingüística de ‘unidad constituida por un significante y un significado’) verbal: intralingüístico, traducir el signo a otros de la misma lengua; interlingüístico, traducir el signo a los de otro idioma; e intersemiótico, traducir el signo verbal a los de un sistema no verbal (símbolos).

Por lo tanto, podemos considerar traducciones las ediciones en español de las novelas de Harry Potter, el texto alternativo de una imagen, los subtítulos en español de Aquí No Hay Quien Viva, las adaptaciones de El Quijote de Cervantes al castellano contemporáneo, la interpretación en lengua de signos de un programa televisivo, el pie descriptivo de una foto, la versión en braille de un documento originalmente escrito con caracteres latinos… y un larguísimo etcétera.Vivimos en una época en la cual se produce y comparte una cantidad ingente de información, en cada esquina del planeta a cada segundo, y todas las personas cuentan con el indiscutible derecho a acceder a ella por igual, se requieran los signos que se requieran. Así que te invito a que pruebes platos nuevos, quizás ignotos para ti hasta ahora, a que investigues más allá de la traducción interlingüística, que te adentres en el mundillo de la intralingüística o de la semiótica, ya sea porque el trasvase de una lengua a otra te sepa a poco, porque notes una escasez de material audiodescrito o con subtitulado descriptivo, porque conozcas a —o seas— alguien que presente dificultades de comprensión o porque desees, simple y llanamente, que el Boletín Oficial del Estado fuese legible.

Entre la miseria y el esplendor: Ortega y la paradoja de traducir

Redacción: María del Mar Herrada Fernández

Corrección: Carla Larrosa Serrat

Entre la filosofía y la traducción se tiende un puente invisible que Ortega y Gasset recorrió con lucidez. En su ensayo «Miseria y esplendor de la traducción» (1937), el pensador madrileño nos recuerda que traducir es, a la vez, un acto imposible y una tarea necesaria.

«¡La traducción ha muerto! ¡Viva la traducción!» — Ortega y Gasset, Miseria y esplendor de la traducción, 1937.

Ortega y Gasset, intelectual europeísta, comprometido social y políticamente y vinculado al pesimismo de la Generación del 98, busca en su ensayo dedicado a la traducción, Miseria y esplendor de la traducción, sacar a la luz cuestiones que aún son actuales y de gran interés y que definitivamente pueden servir de inspiración.

Para entender esa frase en un inicio citada, que tan nietzscheana suena, es necesario adentrarse en la concepción del lenguaje de Ortega porque la traducción se integra en el marco más amplio de la comunicación y, por tanto, sus ideales e imposibilidades se encuentran fuertemente ligadas a esas paredes comunicativas que la rodean. 

El filósofo madrileño contempla la existencia de tres categorías lingüísticas: el hablar, el decir y el callar. El hablar expresa el discurso social y representa el uso estándar de la lengua en el que el yo se diluye y se pierde en el anonimato de la generalidad. El decir, no obstante, es ejercido por el sujeto intencional y activo en tanto que se distingue y aporta más allá de lo colectivo. Al materializarse el decir, se rompe con la estructura impuesta y, en un acto de libertad, se la atraviesa con una novedad intencional que traspasa la rigidez del uso consolidado del hablar, para entrar en un dinamismo dialogante con la circunstancia. El trinomio se completa con el callar. En todo lo que se dice o se habla, entra todo lo que no se dice o no se habla. Todo lo que permanece oculto ha sido descartado a la hora de seleccionar lo que sí se va a expresar. Los silencios, implícitos o explícitos, son parte del lenguaje y toda lengua puede ser comprendida por su decir y callar, por su forma particular de guardar silencio y de dar voz. 

Cada lengua tiene un espíritu diferente y unas estructuras que van a nuestro encuentro y se nos presentan imponentes en el momento en que nacemos. Este marco lingüístico antecede al decir y lo condiciona, a pesar de que este tenga la capacidad de superar al habla colectiva. En otras palabras, el decir se enmarca en un contexto lingüístico, que a su vez se encuentra dentro de uno más dilatado: el contexto vital. Al traducir, entonces no solo se trasvasan estructuras gramaticales. Más allá de dos sistemas lingüísticos distintos, en la traducción tratan de converger dos sistemas socioculturales, dos formas de vivir.

Es de este relativismo lingüístico del que deriva lo que Ortega llama la «miseria de la traducción». El profesional de la traducción, en su ardua tarea, debe ser capaz de captar tanto lo que se dice como lo que se calla en el texto original porque, si no lo hace, puede caer en el craso error de producir una traducción que solo hable y se quede en una superficie sin nombre ni contornos. Se pierde así lo que se pretende expresar en concreto y lo que se oculta y el profesional de la traducción se convierte en traidor.

Al fin y al cabo, todo texto dice y se identifica con el decir y, de esta manera, se hace traducible a otra lengua. Esto no lo salva, sin embargo, de entrañar una contradicción sustancial: al decir, se dice menos y, al mismo tiempo, más de lo intencionado. El decir es, por tanto, insuficiente y abundante, pobre y rico, ambivalente en esencia. El aparato lingüístico del ser humano no alcanza a precisar y se pierde en el intento de representar la realidad. La vida y su complejidad expresiva superan los esfuerzos posibles de la lengua y quedan como un ideal que, si bien podemos visualizar o concebir, no podemos agarrar. En definitiva, el lenguaje y, por tanto, la traducción tienen objetivos irremediablemente imposibles. Entre utopismos vive el ser humano, según Ortega.

Pero el filósofo madrileño no pretende con esta conclusión desalentar al profesional de la traducción y alejarlo de su hacer, sino que quiere que este sea consciente de la altísima dificultad de su labor, señalando la miseria para poder mirar  la otra cara de la moneda: el esplendor. La imposibilidad y la dificultad pueden actuar como empuje hacia el triunfo. «¡La traducción ha muerto! ¡Viva la traducción!».

La utopía reconocida no debe más que motivar al profesional de la traducción a ejercer su labor con la máxima seriedad y rigurosidad posibles. Aquí está la moraleja. Debe armarse de orgullo y defender así su oficio con ejemplos de éxito y efectividad. Conocido por su timidez y su invisibilidad en lo político y social, el profesional de la traducción realmente puede romper con esa reputación y poner en valor lo que hace. Ortega defiende a las humanidades frente al «imperialismo excluyente» de las ciencias experimentales y, como parte de ello, confía en que la traducción puede convertirse en una «disciplina sui generis», si se le da la relevancia que merece.

A pesar de la muerte de la traducción, la traducción vive y puede hacerlo a mayores intensidades con consciencia y orgullo. El papel del profesional de la traducción es digno y valioso. Qué difícil hacerlo bien, pero qué gran triunfo aguarda al conseguirlo: el esplendor, la otra cara de la moneda.

Bibliografía

Ortega Arjonilla, E. (1998). El legado de Ortega y Gasset a la teoría de la traducción en España. En R. Martín-Gaitero (Ed.), La traducción en torno al 98 (pp. 101–116). Universidad Complutense.

Ortega y Gasset, J. (2012). Miseria y esplendor de la traducción. Trama & Texturas, 19, 7–24.

Más allá de Blue Book y Schuman

Redacción: María del Mar Herrada Fernández

Corrección: Salvador Nicolás Alcázar

Las becas Blue Book y Schuman son las más conocidas entre profesionales y estudiantes de la traducción e interpretación, pero no las únicas. Si estás finalizando tus estudios, te interesará saber que la Unión Europea ofrece prácticas en muchas de sus instituciones. Con este artículo trataremos de ampliar el horizonte.

Hace pocos días se inició el nuevo plazo de solicitudes para realizar prácticas remuneradas en marzo de 2026 en el seno del Parlamento Europeo: las reputadas becas Schuman. El plazo de solicitud durará hasta el 31 de octubre. Junto a la beca Blue Book de la Comisión Europea, son las oportunidades para profesionales de la traducción e interpretación más populares y conocidas. No obstante, las instituciones europeas no se reducen al Parlamento y a la Comisión, y para dar visibilidad al amplio abanico de posibilidades, en este artículo mencionaremos otras becas de prácticas en la Unión Europea que también son dignas de consideración.

El Banco Central Europeo convoca todos los años la traineeship in the Language Support and Innovation Section, que permite ser parte de la Dirección General de Comunicación del Banco Central y participar en tareas de traducción, edición, gestión terminológica y revisión. Además, el Consejo cuenta con sus propias convocatorias de prácticas para trabajar junto a los equipos de apoyo, que incluyen ámbitos como la comunicación, las tecnologías de la información y la traducción. En concreto, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea ofrece dos períodos de prácticas de traducción jurídica e interpretación como parte de la Dirección de Multilingüismo. Para los interesados en terminología, el Tribunal también cuenta con una Unidad de Proyectos y de Coordinación Terminológicos. Por otro lado, la Oficina de Propiedad Intelectual de la Unión Europea (EUIPO, por sus siglas en inglés), con sede en pleno Alicante, propone cuatro tipos de prácticas, tres de ellas remuneradas: precisamente el Pan-European Seal Programme y la traineeship for young professionals se adaptan al candidato y lo sitúan en su área de competencia; en nuestro caso, el ámbito lingüístico.

Otras becas de prácticas que se suman al abanico de posibilidades son las convocadas por los siguientes órganos o instituciones europeas:

Estas prácticas remuneradas ofrecen la oportunidad de explorar el funcionamiento de la UE al mismo tiempo que puedes mejorar tus habilidades lingüísticas y profesionales de traducción y/o interpretación en un ambiente multicultural e internacional. Esta lista no es exhaustiva, así que también puede haber otras oportunidades a la espera de ser descubiertas y solicitadas.

Si la primera vez no pasamos el filtro para ser seleccionados, es importante no desanimarse. Hay solicitantes que no consiguen entrar hasta el segundo o tercer intento. Con todo esto, infórmate bien de todos los plazos y los criterios de elegibilidad, que pueden variar un poco. ¡Mucho ánimo!

El impacto de la literatura juvenil y su traducción

Redacción: Carla Larrosa

Corrección: Pau Molina

Creo que empecé a pedir libros por mi cumpleaños cuando tenía alrededor de 8 años y desde entonces he pasado cada verano entre las páginas de una buena novela. He conocido a muchas personas de mi edad que afirman orgullosas que no les gusta leer, pero que, cuando les he preguntado cuántos libros habían leído por placer a lo largo de su vida, no sabían responderme. Muchos nunca lo habían intentado y otros habían dejado de hacerlo una vez habían pasado a la educación secundaria.

Esta semana, el miércoles 23 de abril, celebramos el Día Internacional del Libro, un día que tiene como objetivo fomentar la lectura y valorar la industria editorial, así como proteger los derechos de autor, que parecen hoy más vulnerables que nunca. A continuación, me gustaría profundizar en la situación actual de la literatura juvenil (especialmente aquella escrita por mujeres), el impacto que tiene en los jóvenes y el papel de la traducción en este género literario.

Actualmente, sigue habiendo polémica entre algunos autores en cuanto a la literatura juvenil, aquella destinada a un público adolescente. A pesar de que ciertos tipos de novelas, como aquellas que pertenecen a la fantasía juvenil, han ganado popularidad en los últimos años gracias a factores como una amplia oferta de títulos, la difusión por medio de las redes sociales o la comodidad de soportes informáticos como los libros electrónicos, también han aumentado las críticas, ligadas a la creencia de que la literatura juvenil no es «buena» literatura.

Es muy probable que la distinción entre «buena» y «mala» literatura surja a raíz del contraste con los clásicos, que van de la mano con el canon literario, el modelo de qué y cómo se debe leer y escribir. Este está formado por un número reducido de críticos y expertos literarios que hacen una selección de obras basada no solo en criterios más o menos objetivos, sino también en sus prejuicios y valoraciones personales. Una muestra de ello es que, en gran parte de las lenguas, la mayor parte de las obras incluidas en el canon están escritas por hombres y no mujeres. También la mayor parte de obras ganadoras de premios literarios de alto renombre como el Premio Nadal, el Premio Miguel de Cervantes o el Premio Planeta de Novela las han escrito hombres. Estos hechos han provocado que las obras escritas por mujeres, que son las autoras principales de la literatura etiquetada como «juvenil», se consideren inferiores e infravaloradas.

Ahora bien, no niego que ciertas lecturas clásicas deban ser obligatorias, pues estoy segura de que tienen mucho que aportarnos tanto en materia académica como personal, para la comprensión del mundo que nos rodea, de nuestro pasado y nuestro futuro. Sin embargo, también considero que leer por obligación no fomenta la creación de unos hábitos de lectura sanos, sino que desmotiva a las estudiantes, que no se sienten identificadas ni representadas en libros más antiguos y densos.

A propósito de utilizar la palabra «denso», otra cosa que podemos observar hoy en día es cómo el mercado editorial se transforma al tiempo que lo hacen las necesidades de las lectoras. Hablo en este caso de los efectos de las redes sociales en adolescentes. A pesar de ser un tema recurrente, no siempre somos conscientes de los efectos que tienen, junto con otras formas de entretenimiento como las plataformas de streaming, pero parece ser que las escritoras sí lo tienen en cuenta. Recientemente, he observado por mí misma como cada vez los capítulos de las novelas juveniles, tanto de romance como de ciencia ficción o fantasía, se acortan un poco más. Esta es una decisión que da respuesta a un nuevo problema del público objetivo de este tipo de libros, pues ya no es capaz de mantener la atención por una cantidad de tiempo prolongada. ¿Leerían aún menos las adolescentes si no tuvieran libros adaptados a sus necesidades?

Las consecuencias de que los y las jóvenes lean cada vez menos son muy tristes, ya que leer aporta una gran cantidad de beneficios que incluyen el desarrollo del cerebro, el aprendizaje de nuevo vocabulario, el ejercicio de la memoria y la concentración, el fomento de la imaginación y la creatividad, entre otros. Muchos expertos en el campo de la psicología y la medicina afirman también que la lectura ayuda al bienestar emocional de las personas.

En conclusión, no se deben juzgar los gustos personales ni condenar la lectura de literatura juvenil, sino que se debería fomentar la lectura en cualquiera de sus formas. No podemos permitir que la condescendencia de unos cuantos perjudique las oportunidades de las nuevas generaciones que todavía están descubriendo el gusto por la lectura.

Y aquí es donde entra el papel de la traducción, en la difusión y recepción de obras de diferentes temáticas y culturas. Nuestro trabajo como traductoras forma parte del conjunto que es el mercado editorial y de producción de obras. Cuanta más variedad de géneros y estilos literarios tengan a su alcance, más probable será que encuentren algo que despierte la curiosidad de las nuevas lectoras.