El destronamiento del original

Redacción: María del Mar Herrada Fernández

Corrección: Carolina de la Torre

El original no es pleno ni auténtico. Walter Benjamin lo desnuda como un texto incompleto y cambiante. Y es la traducción, no el original mismo, quien le garantiza una verdadera vida… o una incierta pervivencia.

Entendida como copia, la traducción exige la existencia de un «original». Reproducir un texto objetivo y pleno que la antecede, le hace sombra y la supera en autenticidad y completud: este es el objetivo tradicional de la traducción. La historia se repite: el original sobre un trono eterno y las copias entrando una tras otra al salón del trono para prestar sus servicios y dejar la sala sin pena ni gloria.

Pero ¿y si esa presunta «objetividad» del original no se aplicase a la realidad verdaderamente? ¿Y si lo que realmente es inherente al original no es la inmutabilidad y la imperturbabilidad, sino la «evolución»?

El original no es inerte. Está sujeto al devenir de las lenguas, «a un proceso de maduración (de) las formas de expresión» y a «las transformaciones constantes del sentido», como indica Walter Benjamin. La evolución es una tendencia existencial e inevitable de las lenguas, pues estas, por encima de todo, están incompletas y fragmentadas.

Las lenguas no han olvidado, no obstante, la complementariedad de sus intenciones, la compartición de los objetos entendidos y el parentesco suprahistórico que las conecta. El recuerdo de esa unión y el reconocimiento continuo de la misma a través de la traducción y la lectura les permite imaginar una lengua maternal plena y perfecta, y aspirar a ella de forma irremediable como un sol en torno al que girar, al que tener siempre en el punto de mira y al que ansiar tocar —aunque las fuerzas que operan en la realidad, hagan el contacto imposible. Esta es la que Walter Benjamin denomina «lengua pura». Superior, plena e ideal es ella y, aunque inalcanzable, es su concepción harto necesaria y significativa.

Aufgabe significa en alemán tanto ‘tarea’ como ‘abandono’ o ‘rendición’. Esta paradoja aparente está también presente en la tarea del traductor, lo que da título al prólogo de Walter Benjamin en su traducción de Tableaux parisiens de Beaudelaire publicada en 1923 (en alemán Die Aufgabe des Übersetzers). A pesar de que la tarea —y esta es la de llegar a la lengua pura— fracasa o se abandona en el momento en que se lleva a cabo, la traducción tiene una función esencial: la de representar o ser manifestación de la incompletud del texto que la antecede, es decir, del original.

Benjamin destrona así al original y lo sitúa en una posición dificultosa e inestable, aquella no tanto de la supervivencia (überleben), sino de la pervivencia (fortleben). El original no ha sobrevivido, no ha vencido al peligro de la muerte para permanecer en vida y seguir siendo el mismo, sino que perdura en las mentes de la gente y experimenta una vida póstuma marcada por una transformación continua. En extensión, histórico y efectual permanece a caballo entre la vida y la muerte.

Ahora que la pervivencia del original sí que es un estado o una capacidad que la traducción no comparte, pues esta es zarandeada por la evolución de las lenguas hasta perecer y morir. Se difumina su existencia hasta que desaparece y ya no es leída, mientras que el original siempre es leído.

No resta ello importancia a la función de la traducción y también de la lectura. Ambas sacan a la luz la vida del signo. Con cada traducción se extiende la pervivencia del original; se estira y en ese estiramiento se señala el carácter «fragmentario» de las lenguas. También se recuerda de este modo la existencia de la lengua pura y con cada traducción nos acercamos más a ella. Llegar a ese lugar de «la reconciliación y la perfección de las lenguas», según Benjamin, es imposible y la traducción alberga en sí esta imposibilidad. Es la tarea de quien siempre abandona y se rinde, y siempre continúa y lucha.

En definitiva, con el rompedor prólogo de Walter Benjamin, la teoría de la copia y el objetivo de la semejanza no podían justificarse y serían desplazados por la concepción de la traducción como representación del parentesco y la fragmentariedad de las lenguas, y de la incesante búsqueda de la lengua pura.

Destronado quedaría el llamado «original» y quizás cabría a partir de ahora llamarlo el «inicial» para aludir a un mero orden, en lugar de a una plenitud y objetividad que, como se ha visto en este breve artículo, son insalvables.

Bibliografía:

Benjamin, W. (1994). La tarea del traductor. En M. Vega Cernuda (ed.), Textos clásicos de la teoría de la traducción (págs. 285-296). Cátedra.

Tan, Y. (2024). A Study on Benjamin’s Theory of Translation. English Language Teaching and Linguistics Studies, 6(5), 205-211.

Vélez Bertomeu, F. (2007). Traductores, traidores y otros malhechores. La falla descubierta por «la tarea del traductor». Tonos digital: revista de estudios filológicos (14).